“Una Navidad Cristo-centrica”

Escrito por Emanuel Elizondo

Vi en la televisión un comentario que me dio mucha tristeza: “La Navidad es el tiempo en el que uno puede tomar en exceso y a nadie le importa”. Para el mundo, la Navidad es una excusa. Una excusa para no ir al trabajo, tomar, gastar dinero, o pasar un tiempo bonito. Entre fiestas, dulces, posadas, piñatas, y comida, Cristo se pierde por completo.

Quisiera desafiarte a tener una navidad Cristo-céntrica. ¿Cómo puedes hacerlo? Aquí algunos consejos.

  1. Recuerda qué se celebra.

La palabra “Navidad” viene del latín nativitas, que quiere decir: “Nacimiento”. La Navidad es la celebración del nacimiento del Señor Jesucristo. Cuando Cristo vino al mundo, cumplió innumerables profecías, como las siguientes:[1][i]

Así que lo que se celebra es que Jesucristo, cumpliendo innumerables profecías, se hizo carne y nació para morir por nosotros.

  1. Recuerda por qué se celebra.

No celebramos la Navidad por la fecha específica. Nadie sabe con seguridad cuando nació Jesucristo, aunque es interesante que muchos de los primeros teólogos identificaban diciembre como la fecha probable. Ya que algunos de estos primeros teólogos eran discípulos de los discípulos de los apóstoles, el dato es interesante.

Ireneo, por ejemplo, quien vivió en el 130-202 d.C., creía que Jesucristo nació en diciembre, y él era discípulo de Policarpo, quien a su vez será discípulo de Juan el evangelista. Lo mismo creía Tertuliano, quien vivió en cerca del 200 d.C. El pastor Agustín de Hipona (354-430 d.C.), quizá el más grande teólogo de la iglesia, celebraba la navidad el 25 de diciembre.[1][ii]

Ultimamente se ha dicho que la Navidad tiene raíces paganas, y que su celebración es el reemplazo de la antigua celebración pagana del Sol Invictus. Sin embargo, un buen número de escolares e historiadores, tanto seculares como cristianos, han desafiado esta afirmación, ya que hay evidencia histórica de que la fecha de Navidad se postuló antes de que la celebración del Sol Invictus fuera instituida por el emperador Aurelio. Además, el cristianismo primitivo no acostumbraba mezclar sus fiestas con el paganismo, y como ya he escrito, la fecha del 25 de diciembre comenzó a ser postulada por teólogos y pastores muy temprano en la historia de la Iglesia.

¿Por qué el 25 de diciembre? Porque algunos teólogos pensaban que Jesús había sido concebido el 25 de marzo (en Semana Santa), y si se le agregan nueve meses marzo, se llega a diciembre.

Aunque otras culturas celebraban fiestas en diciembre dedicadas al sol, es mentira que esta celebración siempre fuera el 25 de diciembre, ya que estas celebraciones cambiaban de fecha año con año, y podían caer entre diciembre y enero.

Entonces, si no celebramos la fecha, ¿que celebramos? ¡El evento! El evento que celebramos es la encarnación de Jesús. También celebramos el propósito. Cristo vino al mundo a nacer con una misión, la cual Pablo nos explica:

1Tim. 1:15 “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”.

También celebramos una magnitud del evento. CS Lewis dijo: “El Hijo de Dios se hizo hombre para que los hombres pudieran hacerse hijos de Dios” (Mero Cristianismo, 189).

  1. Recuerda quienes lo celebran.

La Navidad es una celebración cristiana que está bajo secuestro. El mundo ha secuestrado y se ha adueñado de la Navidad, de manera que ha perdido mucho de su impacto y valor. Creo que como cristianos tenemos la responsabilidad de saber que es una celebración que nos pertenece.

A veces nos da pena pedir la palabra en alguna celebración navideña para leer un pasaje, dar testimonio, o enseñar y cantar algún canto navideño. Pero no debería ser así. ¡Pidamos la palabra, compartamos el Evangelio, cantemos los grandes cantos de navidad compuestos por nuestros hermanos en Cristo a través de las épocas!

Tenemos mucho que celebrar. Proclamemos, como Isaías:

“Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado [gobierno, autoridad] sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (9:6).

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