"Respondió Job a Jehová, y dijo:
2 Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti. 3 ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. 4 Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y tú me enseñarás.  5 De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven".

Me llamo Leydi,  salvada por gracia y sostenida bajo el poder de Su Espíritu Santo. Su amor y paciencia inagotable permitieron que un día su luz admirable comenzara a desvanecer las tinieblas que me estaban impidiendo ver a JESÚS, el autor de la vida y la razón de nuestra fe.

Mi historia comienza similar a la de muchos creyentes. Una amiga comenzó a hablarme de Cristo y de su palabra de una manera diferente a la que estaba acostumbrada. Por mucho tiempo estuvo insistiendo para que la acompañara a su iglesia, hasta que un día finalmente accedí. Estando en el templo, comencé a ver a las personas a mi alrededor adorando al Señor y sentí una gran inquietud, un profundo deseo por experimentar ese indescriptible deleite que parecía brotar de sus corazones y que se manifestaba en sus expresiones de gozo mientras rendían alabanzas y exaltaban el nombre de Jesús. Al final del servicio mientras el pastor dirigía la oración yo empecé a orar también, repitiendo esas palabras que a pesar de que no salían de mis labios sí expresaban el clamor de mi corazón.

De ahí en adelante comenzó un nuevo lenguaje, una manera de vestir distinta, comencé a dejar de lado hábitos y comportamientos pecaminosos, asumí mayor compromiso con la iglesia, asistía a seminarios, retiros, conferencias, todo lo que podía enriquecerme espiritualmente y fortalecer mi comunión con el Señor; en fin, viendo atrás, fueron muchos los cambios, indudablemente, estaba viviendo el pasaje de 1 Corintios 5:17 "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas".

Así transcurrieron los años, envuelta ya en una rutina, sinceramente convencida de que mi condición espiritual estaba muy bien, hasta que Dios permitió que experimentara un tiempo de mucha dificultad, un cambio radical en todos los aspectos de lo que hasta ese momento había sido "mi aparente perfecta vida en Cristo". Esos cambios, esas circunstancias que me afligieron dolorosamente, fueron el medio que el Señor utilizó para mostrarme el estado tan miserable y deplorable en el que se encontraba mi corazón, y lo apartada que me encontraba de Jesús. Pude darme cuenta del abismo llamado "Religión" que sin proponérmelo construí y que me estaba impidiendo relacionarme íntimamente con mi Salvador; sin duda alguna había olvidado mi primer amor, ese amor que hizo a María dejarlo todo para escoger la mejor parte, rendirse a sus pies y oír su palabra (Lucas 10:39). Estaba tan distraída, ocupada, viviendo bajo mi propia justicia, que me encontré en la posición de Marta, afanada con muchas cosas, olvidando que solo una es necesaria, se llama JESÚS.

Aprendí que el sufrimiento, el quebrantamiento, las aflicciones son necesarios; destruyen los ídolos que se levantan tan fácilmente y se apropian sutilmente de nuestros corazones hasta apartarlos del Señor.

Cuando te veas atravesando momentos difíciles, recuerda que Cristo te ama, El está interesado en salvar y preservar tu alma, por lo tanto,  hará lo que sea necesario para que no se pierda, aunque nos duela.  La Escritura dice «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24). Examina tu relación con el Señor todos los días, Cristo debe estar permeando no una parte, sino toda tu existencia, El debe ser tu camino, tu verdad y tu vida!.

Leydi Ovalles

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Leydi Ovalles, Miembro